Yo creo que si se sigue un poco mi evolución literaria se notará al acto que esto de abajo es mío. En un intento de escribir una nueva obra de teatro, ante el éxito y el ansia de renovación y mejora, quise empezar este proyecto. Fuera las ligaduras de un tema en concreto, con referencias como Mihura o Poncela, reondaba mi cabeza acudir a un absurdo poético y cargado de lenguaje y silencio. El contexto en el que he comenzado y la frugalidad de mis neuronas me ha llevado a atenuar el tono alocado con el que empecé esto, esto.... que aspira ahora de forma impertinente a ser novela, cuando en el fondo sabe que no llegará siquiera a cuento largo (pero hay que entrenarse poco a poco. La paciencia de un escritor por no reventar su obra reside en la ausencia de trama??. Dejémos la metaliteratura a un lado y disfrutemos con un trozo más de mis pensamientos.
El dia estaba por terminar y las palmeras aun tenían hambre de sol.
La playa escuchaba el viento que llegaba desde el mar, ahora con mas fuerza que antes, y el tiempo no pasaba.
Algunos cangrejitos se acurrucaban cautelosos en la basta orilla atraídos por el cielo oxidado, y esperaban a que el gran disco rojo les cegase mientras eran mecidos por las olas dulces y blancas.
La playa seguia esperando mientras el tiempo envejecía... los cocos marcaban las horas y las tormentas despertaban su belleza.
Los colibríes agudizaban su olfato bajo las estrellas y de lo más profundo de la isla llegaba el aroma a tierra mojada después de aquel dia soleado.
A medianoche los escarabajos trepaban las rutinarias dunas.Y las volvían a trepar... asegurándose el mejor puesto para disfrutar del sempiterno y misterioso espectáculo. Nunca fueron mas conscientes de su ceguera. Desde lo mas alto de la amplia playa, sin llegar a tocar las primeras briznas de hierba , parados como la noche fria, se sobresaltaban por el contraste entre las monótonas olas y el rugido de la cascada apagado por la selva espesa.
Y la noche se encontraba solitaria...
Aquella montaña de hierro con cientos de ojos centelleantes surcaba la calma y alteraba el silencio submarino. Por encima de ese espejo el cielo eterno se encargaba de tragar el eco de sus ronquidos.
Había poco que hacer aquella noche,no más que intentar evitar las pesadillas de un naufragio o conversar con el insomnio de las noches de espectáculo.
Un payaso recién maquillado para conversar con su soledad se asomaba por estribor...
El silencio le hizo sonreír, dentro de sí sus recuerdos decían muchas palabras largas que le hacían parecer un enamorado. El salitre le sirvió de escusa para derramar unas cuantas lagrimas , porque todo el mundo sabe que los payasos no lloran.
Algunos ruidos desde dentro le hacían sentir incomodo e interrumpían su soliloquio. En calidad de invitado solo se podia permitir no molestar demasiado,y no lo hacia...pero un payaso tiene muchas necesidades.
Los delfines volvieron a rebotar contra las olas y echaban carreras con el buque. Ahora se sentían invisibles. El payaso lo sabia y los compadecía,se compadecía. Pero su chapoteo no era incomodo, jugar era la esencia de la vida, y Clun hacía mucho que no jugaba.
Levantando el brazo con fuerza, saco barriga y pecho y su globospada y mandó con voz de tenor:
-Rumbo en popa a toda vela. Amiguitos,tirad!!tirad!!. Pronto podremos descansar.
Dicho esto dio la espalda al viento y se dejó empujar hasta la puerta de los camarotes, con unas mangas demasiado grandes ahora para su triste cuerpo por donde se colaba el gélido aliento de la noche y le hacía tiritar, como si una fuerza sobrenatural estuviese guiando sus pasos. La luna llena se reflejaba en la ventanita de la puerta. Giró la cabeza hacia el cielo, no se podia perder algo tan brillante, y sonrió a la luna de oreja a oreja, intentando imaginarla maquillada. La luna le compadecía, los colores del payaso habían sido robados por el mar y por el viento.
Las olas engullían las rocas porosas que alimentaban a sus habitantes con los restos que sedimentaban. El viento silbaba en las murallas rocosas, en el lado abrupto de la isla que había conseguido escavar el agua y blanquear el sol y la espuma.
Y los guacamayos que se habían instalado en el cómodo asiento vertiginoso de las paredes protectoras. Su posición en primera línea de costa les permitiría divisar con claridad cualquier buque de salvamento con la antelación suficiente para improvisar una señal audible... Pero sin ninguna intención de respetar la noción del tiempo ni la coherencia de la espera,pasaban las horas emitiendo sonidos que retumbaban en las rocas y se hundían,sin sentido, en el mar.
Interrumpían así las marejadas perpetuas de día, y de noche callaban, espiando el dialogo de aquellos astros tan nítidos que coronaban sus sueños.
Clun acababa de levantarse. No había rutina en ese barco mas que la que uno se imponía, y las obligaciones eran absolutamente nulas con el resto de la tripulación y mercancías. La compañía circense estaba muy unida por el esfuerzo común. Los nervios y los ánimos circenses había sido su nexo mas fuerte en estos años.
El olor a panceta tostándose lentamente sobre la plancha acumuló a la pandilla alrededor de Charles, el domador, que en ese caso y en todos los viajes ejercía de cocinillas. Clun fue directo de su litera a la mesa improvisada con varias cajas que habían sido cubiertas con la capa granate del domador.
Los malabaristas colocaron ágilmente los platos ya servidos y los cubiertos como si para ellos fuese tan solo el juego de por las mañanas.
Clun ahora cuidaba de Olaf, el hijo de Charles y Maria , la contorsionista y jefa del grupo.
-Tienes unos mofletes muy rojos. De mayor serás un comilón.-le hablaba Clun al niño mientras le acariciaba la cara con las manos desnudas y hacia carantoñas extravagantes para llamar la atención del pequeño que en ese momento observaba a su padre freír la panceta.
Olaf apartó la mano de Clun y entreabrió la boca, tal vez por el insoportable olor a comida que flotaba a su alrededor. El payaso, en un acto reflejo de generosidad cogió el chupete que colgaba de su cuello y se lo dio al niño. Este le devolvió su atención y, al ver los ojos sinceros de Clun, sonrió.
-Te tengo que acostumbrar a sonreír mas a menudo. Y de mayor, que tu padre no te embauque en escuelas de danza ni ejercicios de forzudo, tu serás el cuentacuentos más grande de todos los tiempos.
- A comer todos!!- dijo Charles con su voz áspera que casi se difuminaba en el aire.-Donde anda María?.
-Está dando de comer a los elefantes ahora que el tiempo es más estable. Dijo que empezásemos sin ella.
Los malabaristas,no por egoísmo sino por impaciencia, se sentaron los primeros y engulleron su ración sin contemplaciones. Charles se hizo un bocadillo y se ausentó para dar de comer a sus fieras, incluida María.
-No,tú siéntate y encargate del niño. Que los demás recojan esto.
Clun asintió pero se levantó otra vez y se dirigió con el niño hacia afuera mientras los malabaristas retiraban las cosas tan rápido como antes, y Edgar , el forzudo , barría las cajas de un manotazo.
Clun pertenecía a una compañía circense de los países escandinavos y sus giras por el gélido norte siempre habían sido bien recibidas , pero su afán por viajar y llevar a más gente sus actuaciones les impulsó a embarcarse. La suerte estaba de su parte el día que Charles frecuentaba una de las tabernas del puerto y llegó a sus oídos la noticia de un carguero que zarpaba al amanecer. Discutió y soborno al capitán de aquel buque, que ya por aquel gesto despertaba desconfianza, y sin tiempo siquiera de despedirse de la poca familia que tenían, metieron a los animales en uno de los contenedores y subieron a bordo , camuflados, eso sí, como mozos de carga y descarga.
Un camino se abría a la derecha donde los arboles frutales discutían acerca de la calidad de sus frutos.
Un capuchino arrancó la deliciosa manzana casi en la copa, arriesgándose a caer al suelo
enraizado y lejano. Los mas pequeños hacían cabriolas ayudados de su larga cola y comían a su gusto.
Otra manzana cayó, esta vez era madura y roja y se veía tan apetecible desde las ramas. Y los dos monos corrieron y lucharon por llegar a por aquel manjar. Un jabalí acechaba el barullo de las alturas. Y caminó orgulloso hacia la manzana. Alzo la cabeza y respiro el respeto de los pequeñajos. Comió la manzana frente al deleite de los de arriba y con un gruñido echo a andar confiado.
Los pequeños, molestos y altaneros, desconocedores de la jerarquía que reinaba bajo los arboles, pretendian burlarse de ese animal seboso y torpe. La serpiente yacia tranquila, camuflada en la rama, acechando camaleones y tomando el poco sol que penetraba la espesura. El macaco la agarro, con una decisión parecida a la del ignorante, y la arrojó en la direccion del jabalí. Los monos, con una gran sonrisa, observaban como aquel que ha ia sido temido corría asustado de algo que podría haber sido un coco caído.
Nunca había pisado la playa. Sabia que un ruido eterno llegaba en aquella dirección, pero nunca se había atrevido a salir de su territorio.
La sensación cálida y extraña de hundir sus pezuñas en la arena blanca despertó su curiosidad. Esos polvos no olían a nada, y algo así seguro que no era comestible. Caminó despacio, disfrutando cada blando paso, cada pequeña duna, bebio un poco de ese agua rara y volvió corriendo cual jabato a su hábitat natural.
Mientras los malabaristas fueron a inspeccionar los alrededores los demás discutían nuevas actuaciones y destinos, y la necesidad de un telonero que supliese la falta de Ivan, que se había negado a acompañarles.
Clun sabia que era un momento serio , las reuniones de grupo no se daban con frecuencia. El circo para ellos era algo metódico y rutinario. Su arte había dejado de ser fascinante para convertirse en una simple forma de ganarse la vida. Le puso el traje de gala a su muñeco, le apretó el lazo de la corbata con 2 dedos enguantados y le peino el bigote con su peine especial hecho con espaguetis.
Aquel orador artificial ya estaba listo para debatir en nombre de su dueño que enmudecía en tales circunstancias.
Le bautizo como Poe. Estuvo a punto de ponerle un nombre gracioso y simple , en realidad Poe fue el mas simple de todos, para que agradase a los chiquillos, pero el muñeco con la mirada un tanto diabólica tenia los pelos enmarañados y oscuros como el carbón y, en secreto, tras los escenarios que todo lo suavizan y lo exageran, era un gran bebedor. Clun amaba las historias de misterio, y su muñeco, cuya función era la de hacer reír, se llamaría Poe.
Los demás sabían lidiar ya con la timidez intermitente de Clun, y Poe era ya amigo de todos, excepto de Olaf, con el que todavía se estaba conociendo.
-Mientras tanto yo puedo hacer de presentador , y así tocamos a uno menos a repartir , por supuesto que yo no pediría ningún incentivo.
-Tú siempre pensando en el dinero Charles. Vivimos juntos, comemos juntos, viajamos juntos... Realmente todo lo que ganamos se queda en el grupo. Además, Ivan no era tan imprescindible como tú crees. Necesitamos labia y espectáculo. Ese chico era encantador.
- ¿Y se supone que yo no lo soy?
- Charles, esposo mío, con tus cicatrices en la cara y tu voz áspera y desordenada no llegaremos ni a la primera actuación.
- No nos sirve cualquiera. Tiene que ser gracioso, interesante, conmovedor... Un orador guapo y que sepa algunos trucos de magia.-dijo Poe arqueando las cejas , o al menos Clun así se lo imaginaba.- Yo podría hacerlo encantado.
- Seria arriesgado. Sin embargo, mientras buscamos a alguien mejor yo estoy de acuerdo. Que Clun los deslumbre al principio. El inconveniente es que el numero de Poe no despertara la misma intriga.
-Tenemos que buscar una caravana para guardar las cosas y dormir todos los días.
- Oh si, una autocaravana grande seria genial. Pero no se si nuestros ahorros nos darán para semejante trasto.
-Así al menos podríamos seguir viajando...
- Claro, y los leones sentados sobre los elefantes que van al galope.
- Bueno, pero un lugar estable donde dormir hay que comprar, porque yo no pienso ir de motel en motel aparcando las bestias en cualquier lugar.
-Los primeros días no nos quedará otra opción. Abra que dejar la carpa montada y dormir dentro con los animales. Podríamos comprar unas tiendas grandes y dejarnos de autocaravanas. Después de tal viaje no creo que nos queden fuerzas para otro en mucho tiempo.- finalizó la contorsionista, Elga. Y su voz juvenil y melosa cautivo a todos. El mismo Poe yacia con su manita apoyada en su dura mejilla, ensimismado en los ojos de Elga.
Charles Darwin se estaba planteando por aquel entonces embarcarse hacia tierras mas exóticas que las islas británicas, aquellas donde la mano del hombre no había embarrado todavía las huellas de la evolución, las señales del pasado.