La playa
Había días de lluvia metálica bajo un techo enchapado; días de lluvia tierna sobre la tierra blanda y fresca; días de lluvia fina que pasaba desapercibida, que no se veía apenas ni se oía,
pseudolluvia, como la que alimenta a los cactus del desierto; días de lluvia nocturna; días de lluvia al alba bajo un paraguas moteado por los primeros rayos de sol, días y lluvias sin paraguas, sin bufanda. Días en los que sentir la lluvia, en los que pensar la lluvia en silencio, días en los que llovía dentro de su cabeza. Días de lluvias acompañado, y tardes de lluvia solitarias, taciturnas y melancólicas. Tardes de lluvia a borbotones, tardes diluviales, monótonas, de lluvia sobre los cristales. Noches enamorado de lluvia, noches pensativo, con la canción de Angie o cualquier otra que le sentase bien a la lluvia.
Y después estaba la lluvia sobre las olas, el sentir la arena mojada amortiguando cada una de las miles de gotas, mientras que el mar orquestaba las demás, que se precipitaban fugaces reflejando, refractando, brillando como luces distantes, produciendo un acompasado, constante pero infinitamente entrecortado, silencioso sonido calmante. Y lluvias en un autobús, lluvias invernales, de esas que nunca se añoran pero después no se olvidan.
Lluvias aladas, desequilibradas, desmotivadas, a veces húmedas, a veces secas y exasperantes. Lluvias de una gota, lluvias de unas cuantas en fila y ordenadas; lluvias perseguidas por el viento, vientos perseguidos por la lluvia. Lluvias rojas, rasgadas, fotovoltaicas; lluvias medicinales. Lluvias que pintaban un paisaje de acuarelas; lluvias más firmes, de líneas más nítidas, lluvias detallistas e impresionistas. Nunca sabías qué lluvia le sentaría bien a un paisaje. Ahora estaba sobre un banco, bajo la lluvia que solo sobre él pesaba. Porque aquel era más bien un día sin lluvia.
Hacía casi un año que Lara se había marchado, y con ella su esperanza de vivir. Se había escapado...
A veces la llamaba traidora, ¿tan poco lo quería?,¿tan rápido lo olvidaba?,¡qué poco tenía en cuenta sus sentimientos, su relación!. Después llegaban los remordimientos infernales, las noches en vela, la llamada comunicante antes de escuchar su voz. Pero una simple llamada no suplía las ganas que tenía... de abrazarla, de sentirla. Solo, vagabundo, deambulaba los rincones de la ciudad dormida. Los primeros meses fueron los peores, después vinieron los meses horribles, que tornaron en semanas insoportables, días sangrientos, en horas sin tiempo, en minutos, en segundos sin ella.
Habían acabado las vacaciones, unas vacaciones canarias junto a Lara. Ahora estaba en un silencio nostálgico. ¿La olvidaría algún día?,¿lo olvidaría algún día?,¿se iría con otro?. Todo había
sido una farsa, un drama donde el trágico final había devorado su alma. ¿La echaba de menos?, la sufría en silencio, sufría su existencia y su ausencia. Se sentía determinado, atado a un cuerpo con el que no se identificaba. Estudios, trabajo, bodas,
niños, futuro, éxito... Hehehe, reía y lloraba. Nada merecía la pena en ese momento. Pero la olvidaría y reharía su vida, ¡había más peces en el mar!. Se había levantado de la emoción, sus
puños cerrados ardían. Miraba a su alrededor, volvió a reír y se sentó. Estaba rozando la cordura, esa situación era demasiado verosímil para adaptarse a su bohemia realidad actual. Sin embargo, esta era su verdadera y mecánica realidad. Qué importaba el presente sin Lara, qué valía el futuro, cuál era su objetivo, cuál era su motor vital, ¿las preguntas últimas y primeras?. Él ya creía, creía en Lara con una fe inmensa. Qué quedaba de su corto pasado melancólico sin la persona con la que recordarlo... y acariciarla.
La Península, después el Atlas y el Sáhara occidental, tan pequeño e infinito, infinitamente arena desde la cutre ventanilla del avión. Al fin renunció a su vida para dejarse llevar por la locura, un mero medio que le llevaría patéticamente ante Lara, que debía renunciar con él. Derruidas sus circunstancias, debía construir su futuro junto a su Princesa, la que habitaba sus castillos en el aire, un aire viciado de hormigas rojas negras, amarillas... Todo había sido un sueño, ¿y si Lara hubiese sido un sueño?. Era tan idílico, tan irrealmente real que seguramente no existiese tal Lara, tal diosa omnipresente que ahora tampoco asistía a su entierro. Pero Lázaro -perdón- Alberto resucitó y fue en busca de su Santo Grial, de no ser así moriría y acabaría a la derecha de "LU" por haber creído en falsas deidades.
Gran Canaria dormía mientras Alberto descendía del avión. Había maquinado cientos de sorpresas, pero ninguna le parecía adecuada en ese instante. Sin rodeos, como buen español cogería al toro por los cuernos; esperaba que no fuesen los suyos. Un sol espléndido radiaba sobre el techo la gua-gua desnutrida. La calle inmensamente iluminada buscaba la poca sombra de los portales. Lara cruzaba una calle ante los ojos de Alberto. El autobús
se paró, agobiante, ante un semáforo. Estaba inmóvil, sus ojos escrutaban la trayectoria de la muchacha. Para cuando recuperó el aliento y sus piernas reaccionaron la gua-gua ya estaba
acelerada.
El supuesto destino jugaba a su favor. Había conseguido la sorpresa que buscaba de forma involuntaria. Pero ahora que reflexionaba apoyado, enamorado sobre el ventanal, no veía tan
buena idea el sorprender a Lara para después soltarle su propuesta. Buscaba convencer no asustar, aunque eso era inevitable. Bah, ya daba igual. Se mantuvo automáticamente mirando el autobús pasar ante los transeúntes, apacible, tal vez confiado, por el calor del entorno que le indicaba que
ya estaba en Canarias. Acechaba incómodo el portal de su amada. No iba a ser un "paraclausíthyron", iba a ser todo un
éxito, o por lo menos así se lo imaginaba inevitablemente.
Mientras esperaba a Lara (estos últimos segundos sin ella se hacían eternos) vio cómo su madre subía al coche y tomaba la primera calle a la derecha. Alberto yacía agazapado tras un arbusto, era cuestión de supervivencia.
-¿Qué haces tonti?
...
...
Su corazón había dejado de latir. Intuía la voz, pero se negaba a creerlo. Lara le tocó. Alberto levantó la vista. Preciosa... uf, qué ganas. La abrazó, la volteó, la besó demasiado fuertemente,
demasiado salvajemente antes de ser consciente de que su sangre había vuelto a correr. Sus ojos brillaban, sus ojos brillaban, había resucitado. Lara le amaba...
Alberto retrocedió, no sabía qué hacer, pero ahora disfrutaba contemplándola. Se llevó las manos a la cara, a la boca. Lara se acercó para abrazarle. Alberto la detuvo:
-Espera...para - jadeaba.
-¿Qué pasó?
-Nada, nada. Espera, por favor.
Alberto tomó aliento, como si tomara carrerilla, y se desnudó ante ella, le contó sus sentimientos de forma apasionada, como nunca había hecho en sus anteriores y diversas fantasías sobre ese justo momento. Ansiaba una respuesta en sus gestos, una expresión facial que le ayudara a continuar con confianza, pero lo que encontraba era indiferencia, o miedo.
-¡ Vayámonos lejos de aquí, fuera!. Quiero que seas mi futuro, quiero compartir mi destino
contigo... Te quiero-.
Fue el primer te quiero a la cara desde hace mucho tiempo, y el primer te quiero sin lágrimas. Alberto lloraba por dentro.
-Pero...
-Pero- dijo apagado y con la mirada perdida.
-No, espera...
Alberto la besó. Se derritieron sus cuerpos bajo el sol. Alberto la disfrutaba, Lara lo deseaba, le añoraba tanto... Ante un futuro incierto, ante una vida acabada, prefería a su chico.
La Gomera
6:10 de la mañana.
Dos soldados marchan ligeros por la orilla patrullando el horizonte. La playa de arenas grises se extiende a lo lejos envolviendo sucesivos golfos y acantilados. Junto a los arbustos que marcan el comienzo de la costa se encuentra instalado un disimulado campamento, escondido de las miradas entrometidas. Lara despierta súbitamente, traspuesta, confusa y sudada. Se busca dentro de la tienda de tela por donde penetran los primeros rayos calientes y molestos del sol. Se palpa, palpa a su compañero que se desvela y se gira lentamente. Intenta abrazar a Lara, ésta se aparta. Se siente oprimida por los brazos extendidos.
Sale a gatas de la tienda. Una vez fuera se levanta y mira al cielo intentando respirar de nuevo. Los dos soldados se alejan prosiguiendo la orilla inclinada, húmeda y distante, una orilla ennegrecida por la olas blancas. Alberto sale a gatas y palpa con sus manos la límpida arena gris que se extiende bajo los pálidos pies de Lara. Mira al cielo despejado, el amarillo sol acentúa el azul caribeño del amanecer canario, que va a parar al mar… Lara observa ya más sosegada el horizonte. No hay nadie, están
solos como si de una isla desierta se tratase. Las huellas imponentes de los soldados se han diluido en el agua. Lara corre en dirección a la orilla donde las olas ahora rompen con más fuerza. Se quita la camiseta opresora y mojada, y cae mientras intenta arrebatarse los shorts. Se revuelca en la arena y de un salto se incorpora dejando tras de sí sus prendas semienterradas e indiferentes. El amanecer sobre el azul esmeralda supone un imán para su cuerpo.
La arena está fría y suave.
Alberto, todavía en el suelo, contempla la carrera desesperada que hace aparecer una sonrisa en su gesto. Se incorpora y se despoja de lo poco que le cubría. Estira los brazos, cierra los ojos y respira calmado. Otea a su alrededor. Están solos. Y sale disparado tras el sendero difuso que su amada ha dibujado en la arena. Lara plantada frente al mar en todo su esplendor, más allá solo hay agua, más atrás, arena, nada más. Se adentra rápidamente sin importarle lo fría que la noche ha dejado a las olas, y justo cuando se dispone a zambullirse Alberto la agarra por la cintura y la lanza.
... El agua está fría y clara.
Lara asciende como una sirena y clava sus ojos en Alberto que continúa riéndose. Poco convincente Lara se zambulle hacia atrás y continúa adentrándose sola y fugitiva. Alberto la persigue pero Lara no cesa de dar brazadas. Ya bastante lejos de la costa Alberto se detiene preocupado, Lara se detiene cansada, y se abandona a la suerte del naufragio. Alberto la alcanza
enseguida y la saca a flote. Lara tiene los ojos cerrados y espera a que su príncipe azul se los abra, pero no es ni el lugar ni el momento. Los dos cuerpos cansados retoman la costa. Alberto se tiende bocarriba exhausto, Lara abre los ojos y escucha las olas. El azul de ese cielo desnublado le apasiona. Desliza por fin su cuerpo mojado sobre el de Alberto. Sus labios salados se cruzan y se aman. Al muchacho le falta el aliento y se aparta apoyándose sobre su brazo que tiembla aún.
-Bueno días, ¿no?...- La observa. El pelo le cae como a una diosa- Pero en qué estabas pensando.
Una gaviota que llega del profundo mar atrae la atención de Lara.
-¿Nos vamos?- dice Lara inocente mientras se levanta.
DIARIO
27 mayo 2014
Esto representa para mí un reflejo de mi intimidad, un intento confidente ante el paso de los años para dejar constancia de la dignidad de mis acciones y la santidad de mis pensamientos y
aspiraciones. En estas lineas pretendo sellar mis labios con el mundo, tan solo tengo sitio para mi amado y el trocito de reflexiones que me permite... el tiempo.
En caso de extraviarse este pseudo diario no recurriré a la excusa del manuscrito encontrado, me hago enteramente responsable de mis arrebatos de conciencia, de mis sinceridades escépticas y de todo cuanto recoja en estas páginas a nombre de Lara Mateo Espí, hija de Clara Espí y de Marcial Mateo, los mejores padres que he podido desear.
Quiero que conste como reflejo indiscutible de mi amor, mi fidelidad, mi dignidad y, en último término, mi abandono vital, el nombre de aquel que ha llenado mis noches y consumido mis días, aquel que no he parado de amar simple y... simplemente amar desde que me entregó el cuidado de su alma: Alberto Blanco.
Al menos este día intentaré relatar mis aventuras, las circunstancias que me han llevado a acabar... -esta no es buena palabra, pero solo cuento con un boli y no pienso arrepentirme de nada de lo que escriba, así que rectifico, con tu permiso, diario.- … que me han llevado a pasar por este país, ya que no aspiro a ocultarme mucho más en estas tierras acabadas.
Después de casarme con Alberto en una playa de Canarias, de esas preciosas islas moteadas, ese trozo de belleza arrancado por las olas del ancestral continente africano, pusimos rumbo a ningún
lugar. Fue una boda preciosa, mágica, fue mi boda con la persona a la que quería, con la que me uní bajo el cielo escarlata de un atardecer romántico. Fue una boda descalzos, las olas jugaban con
nuestros pies y nosotros sentíamos sus cosquillas. Fue una unión ante el cielo eterno, sin nubes, ante los cangrejos y gaviotas. Alberto me dirigió una mirada, como muchas veces lo había hecho antes en sus arrebatos de felicidad,- sí, creo que felicidad es la palabra- una mirada que no olvidaré nunca... y nos abrazamos, ante el mundo enmudecido... y seguimos abrazados durante horas,
apretados cada vez más fuerte, caímos en la arena y descansamos.
Yo lloré, él, no lo sé, no quise mirarle, sólo sentía su cuerpo tan caliente como siempre. Tirados, desnudos ante la noche, la luna nos avisó de que era tarde, y confidentes de la oscuridad
nos escabullimos sin interrumpir la soledad de la ocasión. Instalados unas cuantas semanas en primera línea de playa, escondidos, agachados frente al mundo cambiante, conseguimos recaudar un capital suficiente para escapar lejos, más cerca de nuestro destino.
No habíamos frecuentado nunca el puerto de la Gomera. Tampoco es tan impresionante, las gaviotas rondan los barcos acechando
alguna sardina que en su último aliento de vida consigue zambullirse,ingenua, en un mar de ilusiones, para acabar en el estómago de los carroñeros. Alberto entabló rápidamente amistad con un viejo marinero que le informó sobre la actividad pesquera. Al parecer, la isla era la última parada de los barcos americanos antes de terminar en cualquiera de los países costeros de la cochambre africana que les dejase cargar nuevamente su explotación, legal tan solo por las falsificadas acreditaciones.
Al alba nos despertó la bocina del transatlántico de una envergadura por poco mayor a la del puerto. Camuflados entre los trabajadores del puerto, ayudando a abastecer de víveres a aquel monstruo marino, nos infiltramos en sus bodegas. Relataré este momento por la obligación que se me impone, para mi futuro recuerdo, aunque tiemble de nuevo al intentar recordarlo.
Estaba todo oscuro, olía a mar podrido, parecían las entrañas de un barco con indigestión. Alberto me guió entre las cajas húmedas y apelmazadas. Él era mi luz y mi sustento en esa cueva repelente. Se me revuelven las tripas cuando pienso en el olor del suelo viscoso, en las paredes tenuemente iluminadas que mostraban restos de sangre. En esa estancia infernal donde permanecimos alienados del tiempo, impasibles ante la marcha del buque sobre el mar insonoro, había tantos animales muertos como vivos. Lo peor era el silencio. Ni siquiera sentir el cuerpo de mi hombre me reconfortaba. Era un silencio entrecortado por bandadas de sueño, por sudores fríos y putrefactos, por crujidos y goteras extrañas...
Consolados por un sueño impuesto, con los ojos cerrados por la oscuridad de aquel antro, atracamos en Sierra Leona. Sentimos un súbito estruendo que contrastaba con la apacible travesía de todo
cuanto nos había rodeado. Una de las cajas cayó y se abrió, dejando entrever una maraña de trapos harapientos. Entonces nos dimos cuenta del ruido proveniente de afuera. No llegaba de la borda, sino del otro lado de la puerta de la bodega. Parecía un tumulto de gente furiosa que hablaban en una lengua que se confundía entre los gritos multitudinarios. Las paredes del barco recibieron unas cuantas pedradas metálicas. En ese momento sentía miedo. Aunque suene raro, no me importaba quedarme entre esas cajas arrugadas ya por la humedad. Pero la bodega se abrió cegándonos por completo. Nuestra última esperanza pareció ser la caja de trapos. Alberto me empujó al interior y rápidamente cerró la tapa, aguantándola con sus manos. Tras unos minutos de incertidumbre nos elevaron en una posición lateral. El pobre Alberto luchaba por no dejar caer la tapa. Agarró una camiseta raída por el tiempo, no sé como la introdujo con la mano libre y con su boca por entre la pequeña rendija, y la volvió a meter de nuevo sujetando milagrosamente la tapa.
Siempre intento mantenerme activa, pero el desenfreno de ese momento me agotó de tal manera que abandoné a sus suerte a mi compañero de celda y me sumí en un sueño sobre la blanda nube de
trapos. Me despertó un beso en la mejilla y un “qué tal te encuentras”. La cabeza me daba vueltas y permanecí callada hasta que me recompuse. Alberto me miraba como esperando algo, yo no podía darle nada.
-¿Cuánto tiempo ha pasado?- me estiré frágilmente intentando no llamar mucho la atención dentro de esa caja de madera opaca- ¿Dónde estamos?.
-No lo sé, pero hará dos horas que salimos del puerto. Nos llevaron en volandas y nos nos dejaron de nuevo en el suelo. No sé, todo es muy confuso. He escuchado hablar español, un español sucio y desgastado. También había ingleses y muchos africanos rodeando la caja... No he querido despertarte.
Bajé la vista y suspiré. De nuevo ascendimos tambaleándonos sobre los hombros fuertes de los mozos que nos portaban clandestinamente. No nos atrevíamos a hablar, tan solo a mirarnos. Tras casi una hora de travesía cabalgando sobre las irregularidades del territorio caímos literalmente
al suelo y la tapa entrapada cedió. Tras la nube de polvo que se levantó aparecieron las personas de color, mal vestidas y estropeadas por una vida de sufrimiento y desgracia. Todos reían. Todos parecieron no darse cuenta de nuestra presencia cuando dos hombre nos sacaron de aquel cubo agobiante, y comenzaron a repartir los trapos ávidamente entre las familias presentes. Las gentes nos miraban pero contemplaban más asombradas aún las prendas de la caja.
Unos hombres nos cogieron, desprevenidos como estábamos y nos arrastraron dentro del pueblo lejos de la mirada de los allí presentes. Entramos en una casa sin puerta, nos tiraron en una cama y comenzaron a hablar en su dialecto de forma amenazante. De pronto entró una mujer en la casa con sus hijos pequeños,
todos negros... Miró a los muchachos y les insinuó que fueran a supervisar a los pequeños, estos aceptaron resignados. Tras quedar solos en una estancia de barro, caldeada por el sol poderoso de estas tierras, la dama imponente, apacible y con la mirada amable, se instaló frente a nosotros y dirigió una mirada perdida directa a nuestros ojos. Alberto me había mirado de muchas maneras, pero nunca como aquella señora. Era una mirada maternal, cercana, pero con un horrible tono de locura en sus pupilas. Alberto continuaba su mirada hipnotizado. Nada estaba callado en ese momento.
La mulata se levantó y salió por donde habíamos entrado. Miré a Alberto buscando aprobación. Este estaba inspeccionando la vivienda. Al notar mis ojos llorosos Alberto se acercó y me dio un beso reconfortante en la frente. Me mostró el dinero que
habíamos recaudado y que todavía no habíamos utilizado. No sabía donde estábamos y a él solo se le ocurrió enseñarme el dinero. Aunque esa indiferencia ante la situación, esa intuición de que todo saldría bien apagó mis preocupaciones.
-¡Hola muchachos!. Según me ha dicho Erika habláis español ¿no?.
Un joven con una bata blanca de la Cruz Roja había entrado por la puerta agarrado del brazo de la señora. Ambos nos miraban y sonreían.
Asombrados, pero ya más situados hablamos:
-Sí.. Bueno... Venimos de España, de Canarias.
-Hemos venido para echar una mano con el campamento de...
-Sierra Leona.- terminó el joven. Frunció el ceño, miró a la señora y sonrió- Entonces sois enviados especiales aquí. La verdad es que nos hacía falta un poco de ayuda, y gente nueva nunca viene de más.
Alberto y yo nos levantamos y todos nos saludamos.
Bueno, la verdad es que de eso ya ha pasado mucho tiempo. Fue nuestra primera experiencia africana, nuestra primera experiencia en Sierra Leona, un país que deja mucho que desear por sus gentes, pero que en el fondo son entrañables. El Gobierno aparece ante los ciudadanos como un ejemplo de lo que no hay que hacer, pero estos, educados por las duras y míseras calles, se
abandona a su propio ejemplo. En tres años hemos podido vivir en nuestras carnes la miseria y la desgracia de este país aislado, disputado por los codiciosos y transitado por sombras de fantasmas que vagan sin rumbo.
No nos mintió Ángel cuando llegamos- así es como se llama el joven de la bata- necesitaban ayuda y urgente. Nuestro campamento es una supuesta esperanza al margen de cualquier política o gobierno, inclusive de los países desarrollados, que lo que hacen es retrasar y entorpecer nuestra labor humanitaria. Nos ocupamos de los niños y de las mujeres, y de algún que otro anciano-las ancianas nos ayudan una vez que se saben al final de sus vidas y no encuentran otra ocupación viable- que deja de lado la vergüenza de la hombría todavía presente en este país. Pero
sobretodo miramos por los más pequeños, intentamos educarles y alimentarles a fin de traer a este país una generación, unos nuevos cimientos en los que sustentarse...
La verdad es que hacemos cuanto está en nuestras manos, pero una vez que se hacen muchachos y dejan de ser dóciles, se revelan y se emancipan con tal soltura que llegan a olvidarse de todos los valores inculcados. Solo una pequeña porción mantiene la esperanza de un mañana sin telarañas para la escasa e infravalorada población de Sierra Leona.
Uff... Me siento cansada de escribir. Continuaré más tarde...
Ya he vuelto.
Bueno, tras tres años todavía no nos hemos instalado en una casa y seguimos durmiendo con los refugiados. Por una parte es mejor. No pensaba quedarme, como he dicho antes, en este país de
mosquitos y lagartijas. Aunque cuando veo asomar todas esas cabecitas lindas por debajo de las sábanas, y todos los recuerdos, buenos y malos, que han llenado mi vida estos tres últimos años, me da pena, y me gustaría seguir ayudándolos. Pero siento que este no es mi sitio, el calor de este país me asfixia. Las gentes con las que nos hemos encontrado nos han tratado muy bien y Ángel consiguió que se legalizase nuestra estancia como misioneros- o algo así- en este país. Ángel ha sido un gran apoyo, es muy listo, y está preparado para estas situaciones.
Pero sufro...
Mi Alberto ya no me susurra a la nuca como antes. Nuestro amor no se ha apagado.
¡NO!.
Continúa siendo la misma locura desde que nos conocimos. Somos unos bohemios que han roto sus cadenas, que han cortado sus raíces y han echado a volar. Pero este no es nuestro lugar. A veces me mira y sonríe, como ahora lo está haciendo. Su mirada cruza todos los sueños del campamento y va a parar intencionadamente a mi corazón. Yo le respondo apartando mis ojos y sonrojándome, sé que eso le aumenta las ganas de acercarse. No tiene ganas de levantarse, le miro de reojo pero no dejo de escribir. ÉL vuelve a buscar mi mirada desde su cama lejana, pero no se la concedo. La rutina no nos permite amarnos como antes. Nuestra misión es ayudar aquí, y frente a tantas miradas inocentes no podemos deslumbrar.
Ángel está de vuelta en España. Ha ido personalmente para solicitar más recursos y embaucar a algún que otro amigo suyo para que acceda a ayudar.
Le hecho de menos, sé que es el de siempre, lo veo en sus gestos, en su mirada...penitente, lo veo en el paso del tiempo y en los estragos que en él causa el haber escapado para esto. La emoción de nuestra escapada generó en nuestras mentes muchas expectativas, tan solo aspirábamos a amarnos. Pero nuestras vidas se han convertido en una rutina de casados. En mi corazón luzco el anillo invisible de mi boda que se aprieta y a veces no me deja respirar. Estoy atada a algo. Me atemoriza el pensamiento de estar encadenada a algo que no es. Nos casamos, sí, pero delante de la naturaleza espléndida, sin creer, sin hablar, zambullidos en el ruido de las olas. Sin embargo, las expectativas juveniles son traicioneras, no tienen en cuenta el carácter trágico de la
vida, esa rutina indómita, ese huracán que apaga las velas de nuestra intimidad con el mundo. Pero vamos a superar esta etapa, vamos a volver a ser solo amantes que se aman, que se besan, que se miran y tiemblan con el contacto del otro. No pienso permanecer en este cuadrado ni un segundo más.
Quiero sentir África como nadie nunca lo ha hecho. Quiero correr ante los leones y balancearme por las lianas de las películas de Tarzán. Quiero que seamos dos exploradores de la selva, a lo National Geographic, y abandonarnos al estudio de los gorilas, a la paz de los sentidos, a una muerte natural.
No aguanto más en este mundo de hombres, sí, sobre todo de hombres. Quiero escapar y dar rienda suelta a mis instintos, quiero amarle como nunca lo ha imaginado, quiero que seamos dos animales que se miran sin palabras, y compartir con él un lecho de hojas, ni si quiera una hamaca. Y tal vez terminemos nuestros días aislados en Madagascar, en una playa hecha para nosotros que nos está esperando y nos llama en sueños. O tal vez acabemos en la India, pero lejos de la civilización. Lo único que vale mantener de una civilización es su cultura...
Estoy jadeando, y mi mano tiembla. Miro a mi alrededor. Estoy sola. Susurro para no despertar a los niños: ¿Dónde estás Alberto? Mi voz tiembla. La luna ilumina estas páginas y me invita a seguir escribiendo. Se ve que me he quedado sola, abandonada por el mundo en una habitación repleta de
desconocidos, y solo me veo en ti, querido diario...
(continuación tras el episodio ocurrido)
Una rosa blanca cae sobre mi la página y unas lágrimas de mis ojos transparentes la acompañan. Es preciosa, la luna realza su belleza, su be lle za. La acaricio, la tomo y la huelo. La aparto y la vuelvo a oler, huele a Alberto. Me toma de la mano, seca mis lágrimas y me saca del campamento. Salimos cautelosos del pueblo. Alberto me ha echado ya unas cuantas miradas furtivas, parece que está cazando a su presa. Yo le sigo. Qué más da ya, después de todo lo que he escrito. ¿No es acaso esto lo que buscaba, abandonarme a la incertidumbre de la creatividad de mi todo, mi guía, de ÉL.
Una vez fuera del alcance de las visión de los últimos balcones Alberto me toca el antebrazo, se acerca- no sabría decir si lo hizo rápido o despacio, yo seguía pensando en el tacto de su mano- y me besa súbitamente, sí, súbitamente, así como lo oís. Tan desprevenida estaba que mis piernas empezaron a fallar. Le agarré la espalda y me agazapé a su cuerpo. Alberto me sostuvo
elegantemente y continuó besándome. Yo no le besaba, en realidad era él. Apartó sus labios, nuestras narices se encontraron y después nuestros ojos que seguían confundidos tras el beso. ESO
SÍ QUE ERA AMOR. Me puse de pie temiendo que me fuese a dar una mala noticia. No leía nada en su cara, no leía nada en su mirada. Me agarró la mano y cuando mi cuerpo se disponía a juntarse
para un nuevo arrebato de besos Alberto echó a correr imparable arrastrándome. Corrimos y corrimos por la explanada de tierra endurecida por el sol y perfumada por la noche. Corrimos de
verdad, no trotamos, corrimos, con la cabeza alta, respirando África, inflando nuestros pulmones con felicidad, parecíamos Forrest Gump y su Jenny.
Alberto seguía asiéndome del brazo y brincaba, saltaba alto, según me dijo después, intentaba alcanzar una estrella para regalármela, y consolar esos años perdidos entre la humanidad. Gritaba, Alberto gritaba, llamaba al cielo, quería que el cielo
cayera sobre nosotros y nos escondiera para siempre. Y yo, me contentaba con mirarle mientras intentaba seguirle el ritmo, yo misma estaba desahogándome en sus gritos.
Alberto se paró junto a una acacia, y yo sabía que se iba a parar. Cansados... No, ansiosos. Se desvistió y yo le imité y cuando me preparaba para que me hiciese suya, él fue primero y se apoyó en la acacia cerró los ojos, se volvió hacia mí, me contempló en todo mi esplendor, me comparó con el cielo infinitamente estrellado, y... me abrazó. Yo quería más, mi corazón estaba acelerado tras la carrera, quería más, no era justo, me lo debía. Pero cuando continuó abrazándome entonces lo
comprendí.