Para todos aquellos a los que nunca les han dedicado un blog
I
Barría las páginas
de un manuscrito prohibido.
Perdida,
ante los caracteres de tinta
apagada por el tiempo lívido.
Y entonces olvido
la palabra, el motivo
que llevo al remitente
sin destino,
espontáneamente de su mano
a dedicarme
ciertos versos,
ciertos suspiros.
La leí del ocaso a la oscura,
buscando en el brillo único
de la tarde taciturna
una muestra de tu tímido cariño,
apagado,
derruido por la noche espesa
y tardía y caprichosa,
que acoge a una finísima luna
que me impide seguir
deleitándome
con el sentido silencio
de lo que una vez fue
tu voluntad y pensamiento.
Tal vez se apaguen mis ojos
con el calor del hogar.
Tal vez continúe mi lengua
invisible
tocando la melodiosa carta
que al igual que todo acaba
y marchita mi esperanza.
Para comenzar de nuevo la espera
de recuerdos y palabras.
Falsas candelas me alumbran
ya que mi corazón se apaga
a medida que esto termina.
Tuviste que ponerle fin,
colocarle un broche a modo de espina.
No pudiera ser eterna, infinita
como las ganas que de ti,
cerca ya la madrugada,
me invaden e intimidan.
Y ahora,
en el espacio en blanco
justo encima de la firma
clavo mi mirada,
al igual que tú clavaste la tuya…
buscando mis labios
con un beso precipitado
y una mancha de carmín en la hoja.
Cerca está la marejada
de mis días, y de mis más noches.
Y para contentar las penas mías,
los deseos y reproches
que mi cuerpo hace en mi mente
y mi mente mi sangre enfría,
salgo al balcón todas las noches
a la espera de tu fiel mensajero
con el que tu amor me envías.
Le sonrío, le acaricio
busco en él lo que en tus cartas,_
por rencor o por desprecio,
me privas.
Le he hecho amarme,
le he hecho besarme y soportar
el dolor que para el loco amado
es el tiempo.
Ahora ya no te extraño,
porque aunque este falso amor
no tiene nada de fraterno
me contento y me regalo
un capricho sin anhelo.
Y todo esto te redacto
acurrucada sobre mi lecho…
Él de mi yace a unos palmos,
yo le miro y te recuerdo.
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