Yo, yo mismo y mi circunstancia

Yo, yo mismo y mi circunstancia

martes, 9 de diciembre de 2014

Y ahora toca lo gordo. Esperemos que todo esto continúe.

No sé si mencionarte, no sé quien traicionará la intimidad de mis temores más de lo que me permito a mi mismo. Te ocultaré como mi tesoro más preciado, solo quiero que sepas que esto fue por ti.

El primero, el más joven, el que se sentó en un parque a escribir... como buen escritor.

Intimidad

         - Empezaba a despuntar la noche cuando un joven se acicalaba en su cuarto, invadido por el desorden como si de una clase un viernes a última hora se tratase. Tal era la dejadez del muchacho, que aunque su madre había abierto la puerta y tornado roja de repente (que mas que madre parecía tomate), él solo se limitó a amontonar la ropa sobre la cama y taparla con la sábana.
La reprimenda diaria de su madre, esta vez, duró poco porque él tenía prisa o mas bien porque su madre estaba cansada tras la larga jornada de trabajo. Así que acabando con el monólogo, cogió dinero, kleenex y las llaves que había encima de su escritorio; dio dos besos a su madre; se despidió; bajó; cerró la puerta sin cuidado porque lo único que le preocupaba en ese instante era Lara... Ahh!... Lara… solo su nombre acababa con la rutina. Su voz su cuerpo claro sus ojos infinitos…
Ese viernes por la mañana habían quedado para pasear. Él pasaría a recogerla a la hora de siempre y comenzaría la cita… En ese momento eran las 8:30, tenía media hora para recorrer cinco manzanas. La vecina de al lado, asomada al balcón como de costumbre, estaba regando las macetas, secas ya de aguantar el sofocante calor de agosto. Algunas gotas alcanzaron su cabeza, pero como no quería retrasarse, dejó las quejas para otro día y aprovechó para humedecerse la cara.
Esa noche estaba impresionante; un vestido azul marino con unas bandas blancas realzaba su tono de piel y no daba tregua para dejar de halagarla. Las rosas dormidas del jardín se abrían y giraban sus pétalos para contemplar a la luz de aquella noche.
Alberto sonrió sin malicia, pero no pudo articular palabra. Los padres de ella recordaban que estaba muy guapo y que se sirvió de los gestos para comenzar la conversación.
No es que Alberto fuese tímido, al contrario, si por algo seguían juntos era por su buena comunicación, pero… no sé… Cupido esa noche flotaba sobre Lara y el muchacho indefenso había sido alcanzado por varias flechas.
La chica le cogió la mano, cerró la puerta y corrió escaleras abajo arrastrando con ella a Alberto, como si de un juego de niños se tratase. En el último escalón, antes de que ambos se cayesen, Alberto el valiente la tomó por la cintura, levantó la cabeza, la miró a los ojos y la besó mientras observaba que los ojos de ella se cerraban y los suyos comenzaban a pesar, hasta que Lara desapareció y quedaron inmersos en el beso.
La puerta se abrió. Era el padre que salía a sacar la basura, pero al verlos, no quiso interrumpir su intimidad y la puerta volvió a cerrarse.
La luna en el mar riela y en la lona gime el viento y alza en blando movimiento olas de plata y azul. Y en la noche se recortaban dos siluetas a lo lejos, delicadas, ingenuas, que aleteaban en la oscuridad.
Sus pies, ya tibios, tocaban la arena blanquecina de la luna. De repente calma, silencio, desierta estaba la playa y las dos almas del momento, se miraban. Y miraban el agua. Y cuando la luna reflejaba en las olas altas, lluvia de estrellas.
Lara se sentó cansada, pero Alberto, de pie, la miraba disgustado, él quería seguir jugando. Le tendió la mano, Lara la miró, le entregó la suya así como su corazón y, este la volteó por los aires sin dejar de contemplar su salvaje cabello.
Esta vez sí, los dos se tumbaron y miraron al cielo. La noche estaba estrellada y tiritaban azules los astros a lo lejos. Pero el verdadero astro que hacía tiritar a Alberto estaba a su lado.
De sus ojos brotaban lágrimas de alegría por el momento. Su corazón alcanzaba ya el esófago y el descontrol era mutuo.
Lara muy recatada señaló una estrella y la bautizó como ‘’ amor’’. Alberto, asombrado, escogió otra más distante y la llamó ‘’ te quiero’’. Lara, entonces, posó sus labios sobre los de su amado y las dos estrellas se fundieron.
Esta vez el beso fue largo, y después hubo otro, y más tarde me parece recordar que también. Refugiados en la sombra de la luna los muchachos demostraban su afecto mientras en los cielos, atraídas entre sí, las estrellas se fueron acercando hasta rodear a la luna.
El agua, entonces blanca, reflejaba el brillo del astro gigante que se había formado en las alturas. Y cuando por fin giraron las cabezas, se dieron cuenta de que la luna, como un regalo del cielo, se había transformado en corazón.

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