No sé si mencionarte, no sé quien traicionará la intimidad de mis temores más de lo que me permito a mi mismo. Te ocultaré como mi tesoro más preciado, solo quiero que sepas que esto fue por ti.
El primero, el más joven, el que se sentó en un parque a escribir... como buen escritor.
Intimidad
- Empezaba a despuntar la noche cuando un joven se acicalaba en su
cuarto, invadido por el desorden como si de una clase un viernes a última hora
se tratase. Tal era la dejadez del muchacho, que aunque su madre había abierto
la puerta y tornado roja de repente (que mas que madre parecía tomate), él solo
se limitó a amontonar la ropa sobre la cama y taparla con la sábana.
La
reprimenda diaria de su madre, esta vez, duró poco porque él tenía prisa o mas
bien porque su madre estaba cansada tras la larga jornada de trabajo. Así que
acabando con el monólogo, cogió dinero, kleenex y las llaves que había encima
de su escritorio; dio dos besos a su madre; se despidió; bajó; cerró la puerta
sin cuidado porque lo único que le preocupaba en ese instante era Lara...
Ahh!... Lara… solo su nombre acababa con la rutina. Su voz su cuerpo claro sus
ojos infinitos…
Ese
viernes por la mañana habían quedado para pasear. Él pasaría a recogerla a la
hora de siempre y comenzaría la cita… En ese momento eran las 8:30, tenía media
hora para recorrer cinco manzanas. La vecina de al lado, asomada al balcón como
de costumbre, estaba regando las macetas, secas ya de aguantar el sofocante
calor de agosto. Algunas gotas alcanzaron su cabeza, pero como no quería
retrasarse, dejó las quejas para otro día y aprovechó para humedecerse la cara.
Esa
noche estaba impresionante; un vestido azul marino con unas bandas blancas realzaba
su tono de piel y no daba tregua para dejar de halagarla. Las rosas dormidas
del jardín se abrían y giraban sus pétalos para contemplar a la luz de aquella
noche.
Alberto
sonrió sin malicia, pero no pudo articular palabra. Los padres de ella
recordaban que estaba muy guapo y que se sirvió de los gestos para comenzar la
conversación.
No
es que Alberto fuese tímido, al contrario, si por algo seguían juntos era por
su buena comunicación, pero… no sé… Cupido esa noche flotaba sobre Lara y el
muchacho indefenso había sido alcanzado por varias flechas.
La
chica le cogió la mano, cerró la puerta y corrió escaleras abajo arrastrando
con ella a Alberto, como si de un juego de niños se tratase. En el último
escalón, antes de que ambos se cayesen, Alberto el valiente la tomó por la
cintura, levantó la cabeza, la miró a los ojos y la besó mientras observaba que
los ojos de ella se cerraban y los suyos comenzaban a pesar, hasta que Lara
desapareció y quedaron inmersos en el beso.
La
puerta se abrió. Era el padre que salía a sacar la basura, pero al verlos, no
quiso interrumpir su intimidad y la puerta volvió a cerrarse.
La
luna en el mar riela y en la lona gime el viento y alza en blando movimiento
olas de plata y azul. Y en la noche se recortaban dos siluetas a lo lejos,
delicadas, ingenuas, que aleteaban en la oscuridad.
Sus
pies, ya tibios, tocaban la arena blanquecina de la luna. De repente calma,
silencio, desierta estaba la playa y las dos almas del momento, se miraban. Y
miraban el agua. Y cuando la luna reflejaba en las olas altas, lluvia de
estrellas.
Lara
se sentó cansada, pero Alberto, de pie, la miraba disgustado, él quería seguir
jugando. Le tendió la mano, Lara la miró, le entregó la suya así como su
corazón y, este la volteó por los aires sin dejar de contemplar su salvaje
cabello.
Esta
vez sí, los dos se tumbaron y miraron al cielo. La noche estaba estrellada y
tiritaban azules los astros a lo lejos. Pero el verdadero astro que hacía
tiritar a Alberto estaba a su lado.
De
sus ojos brotaban lágrimas de alegría por el momento. Su corazón alcanzaba ya
el esófago y el descontrol era mutuo.
Lara
muy recatada señaló una estrella y la bautizó como ‘’ amor’’. Alberto,
asombrado, escogió otra más distante y la llamó ‘’ te quiero’’. Lara, entonces,
posó sus labios sobre los de su amado y las dos estrellas se fundieron.
Esta
vez el beso fue largo, y después hubo otro, y más tarde me parece recordar que
también. Refugiados en la sombra de la luna los muchachos demostraban su afecto
mientras en los cielos, atraídas entre sí, las estrellas se fueron acercando
hasta rodear a la luna.
El
agua, entonces blanca, reflejaba el brillo del astro gigante que se había
formado en las alturas. Y cuando por fin giraron las cabezas, se dieron cuenta
de que la luna, como un regalo del cielo, se había transformado en corazón.
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