III
Me miran ojos vacíos
sin permiso me observan,
se avergüenzan de mi existencia
y me llaman cenicienta.
En sus manos transparentes
no existe la primavera.
Fueron soldados perennes,
sus almas van a la hoguera.
Y en su balcón asomadas
marujean las macetas
taciturnas, sin esperanza
clavan sus hojas en tierra.
¡Fuera de aquí transeúntes!,
¿no sentís la brisa tierna?
esa que no os pertenece,
que os hiere, que os quema.
¿No sentís la luz del día
que ilumina vuestras cabezas?
No miréis al cielo arriba
no os ciegue la belleza.
Y el día que os dignéis
cansados de vuestra celda,
rogareis arrepentidos,
diminutos, fascinados
ante la naturaleza.
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