XVI
Silencio.
Mis ojos abiertos,
intento mantenerlos abiertos.
Camino.
Silencio…
Tanto callé que
las cadencias de mis pasos
enmudecidos por la noche
liviana, ligera y delicada
marcaron el último compás
del silencio…
Mis ojos se han cerrado.
Las callejuelas me arrastran
a seguir recorriéndolas
acogedoras y estrechas.
Lo único que alumbraba
era la luna plena
clavada en su altura.
¿Qué sabéis si iba solo
en mis pensamientos?
¿Qué sabéis si me acompañaba
mi pasado, mi presente
y mi dulce esperanza
de tu futura sorpresa?
Miradme vagabundo,
¡no me miréis!
Mi ritmo marcaba la blanca
noche de verano.
Mi piel anaranjada
por las farolas vigilantes.
Mi imaginación anonadada
por las golondrinas valientes
alimentadas por una luna de algodón.
Tengo ante mí una calle partida.
Mi alma indecisa se aferra al suelo
sólido de mi razón.
Mi corazón me guía
por donde aquella fresca
tarde de verano
apareciste en mi vida.
Acabo de ser nombrado
por las estrellas enmarcadas
en el universal terciopelo.
Me susurran recuerdos.
Ansían que les preste
atención, pero ahora
la tienes tú.
En un rincón del laberinto
pierdo mi mirada.
En una esquina mal clavada
de la ciudad insomne
me imagino tu silueta.
Debo darme prisa
el destino no me aguarda,
pudieras ser tan indecisa
para no aparecer en mi sendero.
En la plaza la fuente plateada
me avisó de tu presencia,
de una nocturna plegaria
por encontrarme.
En sus aguas se aprecia
el líquido reflejo
del vestido brillante
que me dedicaste
esa noche…
El mármol triste diluye
tus ojos fríos sobre mis pálidas pupilas.
Te evito para encontrarme.
Tu aroma inunda las calles,
El eco de tus pasos palpita.
Persigo las sombras de los transeúntes,
corro por las avenidas,
te aguardo en los cruces,
te busco en las copas
de los árboles dormidos.
¿Dónde estuviste mientras
mis ojos estaban abiertos?
¿Dónde te perdiste mientras
el amanecer se encendía en mi cara
y arrancaba de mis ojos
unas lágrimas
que colorearán el alba?
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