IX
Vengan a mí las palabras,
las rimas y señales.
Tomemos una métrica vacía
y hagámosla, regida a regla
cualquiera
compuesta,
por algo más que cordura.
Transformemos el suave lírico
en algo más que una suma de sonidos.
Demos esperanza a quien,
adentrándose en la arboleda,
es capaz de salir
con el fin de su canción.
Entonad a los confines del tiempo
aquellos que no solo quieran ser recordados
y liberados de su frustración,
ante la incapacidad de su expresión.
Ideas atadas a ningún ideal
que exprese la razón,
que salgan del corazón
sin finalidad mental,
que hoy y ayer y mañana
el alma dejen descifrar.
La cordura atada, erguida,
en la razón sumida,
hallada y contradicha
por el ser en lo profundo.
Lo decía Segismundo
que la ilusión existe,
que resiste lo natural,
que sigue a la musa y viste
parte de artificial.
La esperanza es la marea
de la compasión.
La pleamar es la exacerbación
de la ilusión de los sentidos,
pudiendo estar batidos
por su ardua tarea.
Amigos de la frustración
de las decisiones, que
llegando hasta el talón
completan el ser profundo,
desesperado, vacío, gigante…
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