Yo, yo mismo y mi circunstancia

Yo, yo mismo y mi circunstancia

martes, 9 de diciembre de 2014

Te perdí en mis ansias de tenerte


AGUA PASADA

    Lara miraba por la ventana la tarde lluviosa que había comenzado hace a penas una hora. Sus ojos seguían atentos una gota, que ayudada por sus compañeras, intentaba deslizarse hasta el final del cristal. Húmedo y opaco, Lara pasó la manga del suave jersey para continuar observando la calle frecuentada por paraguas grises. Alguno de ellos sería, con certeza, el que llamase a su puerta esa tarde.

-¡Lara, ha llegado Alberto!- gritó su madre, y su corazón se encogió aún más mientras apretaba contra su pecho el peluche y susurraba sollozos a la oreja de algodón. En esos momentos el oso Teddy se sentía triste cuando contemplaba en el vidrio empapado las marcas de corazones que la muchacha había dibujado en su soledad.

Alberto entreabrió la puerta y miró sigiloso a su chica de espaldas a él. Se quitó los zapatos, cruzó el parqué y después la alfombra hasta llegar a la cama y abrazar a su amor con todas sus fuerzas. Acurrucados cayeron ambos sobre la tierna almohada con restos de lágrimas saladas. Alberto miraba con cariño la trenza de Lara mientras seguía envolviéndola con los brazos. Ésta sentía cómo el calor de Alberto subía por la espalda y el bienestar que le producía. Después las cosquillas de unos dedos traviesos en la nuca y la cada vez más acelerada respiración del chico junto a su oreja. Al fin llegó el primer beso. A Lara le encantaban esos besos en el cuello pero seguía resistiéndose a volver la cabeza. Alberto no se daba cuenta y continuaba con sus caricias mientras la apretaba fuertemente contra su cuerpo y le suspiraba sinceros “tequieros”. Esa fue la gota que colmó el vaso. Lara abandonó a Teddy y se revolvió en la cama hasta colocarse bruscamente encima de Alberto. Le miró, estaba empapado, le despeinó con delicadeza, ladeó la cabeza y arremetió contra esos indefensos labios blancos que pronto recobraron su color. Fue un beso largo y apasionado. Para ella parecía ser el último. El chico llegó a dormirse, no por aburrimiento sino por asegurarse de que todavía no estaba soñando.

Lara apartó los labios, Alberto, sorprendido y con la chica todavía sobre él, la volcó y se abalanzó buscando la continuación del sueño. Lara apartó su boca, aunque ésta se inclinaba buscando más. Alberto la notó extraña y un escalofrío recorrió su cuerpo que se contagió al de su compañera.

Ella le apartó con la mano: - ¿Tú no venías a estudiar?- dijo Lara sin saber realmente cómo sentirse. El chico en cambio, miraba su piel brillante y el rubor que había aparecido en esas preciosas mejillas.

-No perdamos el tiempo- dijo Lara lo más fríamente posible mientras sentía aún el calor de los besos.

Alberto se levantó y esperó como un niño a que ella se hubiese levantado para tirarse de nuevo en la cama. Se estaba tan a gusto.

Lara sacó el libro de matemáticas y unas hojas mientras el chico se quitaba perezoso la chaqueta y esperaba con los ojos cerrados a que su princesa lo rescatase con un profundo beso. Lara indiferente fue al baño y cuando volvió el chico permanecía inmóvil de morros pero ahora con un ojo entreabierto para asegurarse de que ella lo veía.

-Deja de hacer el payaso y cuelga el abrigo que está empapado.

-Se ve que las tardes de lluvia no te agradan- insinuó Alberto arriesgándose a una mirada furtiva de Lara, de esas que le atravesaban el corazón y por alguna razón le enamoraban aun más.
Ésta iba al grano, poco le interesaba lo que le contaran en ese momento, estaba concentrada en lo que iba a tener que decir.

-Eran derivadas e integrales ¿te acuerdas?

-Sí…Sí… ya voy.

Y Alberto se levantó para sentarse junto a la persona que no le permitía concentrarse.

-Si vas a estar en este plan, la próxima vez estudias solo.
Alberto cogió un Boli por miedo a seguir enfadándola; tenía curiosidad por saber qué le ocurría esa tarde tan perfecta.
Callados, sin a penas mirarse, escribieron a la par 2 folios hasta que tanto número les acabó por agotar.

-¡Lara, la merienda!.

 Alberto se ofreció para bajar a por los sándwiches en el acto. Lara quedó sola, triste, pensativa en una habitación que en esos momentos se veía enorme sin Alberto. Tenía ganas de morderse las uñas pero mordía el Boli. Abrió su amplio armario, buscaba algo, pero no sabía el qué. Agarró una manta, se envolvió en ella, se dirigió a la cama, se paró, cayó de rodillas y lloró sobre el edredón.


Alberto, mientras tanto, aprovechaba para coger el regalo que le había traído por San Valentín. Se asomó a la entrada para escuchar la lluvia caer sobre la tierna hierba y las hojas secas de aquel febrero perenne. Subió despacio con su alma en una mano y la merienda en la otra. En la oscuridad de la casa una sombra se volvía a colar en la habitación de Lara. Dejó caer las cosas sobre la mesa y presa del más ahogado sufrimiento acompañó a aquella silueta de porcelana que se derretía en lágrimas por un motivo que él se moría por averiguar.

-Amor mío…

Alberto colocó su cabeza contra su pecho mientras sacaba un pañuelo bastante arrugado y se lo tendía a Lara. Ésta le abrazó con fuerza, interminablemente, para escuchar el desacompasado y apresurado latido del corazón.
Sentados sobre la alfombra, abrazados en una postura tierna y a la vez patética, yacían Romeo y su Julieta compartiendo un temor desconocido.

-Cuéntamelo, ¿qué ha pasado?- respiró fuertemente Alberto a la vez que plantaba una mirada protectora en los ojos de ella.
Lara le abrazó, no era momento para besos.

-Me voy… me voy lejos…- dijo mientras su corazón, o todo su cuerpo se sobresaltaba a causa de la fatiga de los sollozos.
Alberto ahora palideció incrédulo, boquiabierto, buscando en sus pensamientos alborotados un consuela que él todavía no llegaba a comprender.

-A mi madre la trasladan a Canarias donde está mi papá esperándonos. Partimos la semana que viene… ya están los billetes comprados- se notaba el miedo en su voz.

-¿Eso qué quiere decir?-dijo Alberto intentando parecer indignado. En ese momento se oyó un relámpago cercano y la lluvia golpeó contra los cristales enfurecidamente. Se sentían seguros en la casa, pero ahora esa habitación era más que incómoda.- ¿Tú también te vas?

Alberto fue súbitamente fulminado por un desenfrenado beso al que siguieron miradas de culpa, a las que siguieron miradas de afecto, que finalmente terminaron en un acto sexual que dejó en silencio la estancia anaranjada por las trémulas farolas de la calle. Los dos miraban al techo, jadeantes. Los dos pensaban una solución a un problema que no recordaban.

Lara tocó el cristal húmedo y helado y posó su mano sobre el pecho de su amante. Sin inmutarse, Alberto giró la cabeza, miró su boca, y cuando ella se preparaba para el beso definitivo le dijo.

-Quédate aquí conmigo.

Se detuvo el tiempo, Alberto cerró los ojos, sintió a su musa y descansó sin dudar de su decisión.



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