AGUA PASADA
Lara miraba por la ventana la tarde
lluviosa que había comenzado hace a penas una hora. Sus ojos seguían atentos
una gota, que ayudada por sus compañeras, intentaba deslizarse hasta el final
del cristal. Húmedo y opaco, Lara pasó la manga del suave jersey para continuar
observando la calle frecuentada por paraguas grises. Alguno de ellos sería, con
certeza, el que llamase a su puerta esa tarde.
-¡Lara, ha llegado
Alberto!- gritó su madre, y su corazón se encogió aún más mientras apretaba contra
su pecho el peluche y susurraba sollozos a la oreja de algodón. En esos
momentos el oso Teddy se sentía triste cuando contemplaba en el vidrio empapado
las marcas de corazones que la muchacha había dibujado en su soledad.
Alberto entreabrió
la puerta y miró sigiloso a su chica de espaldas a él. Se quitó los zapatos,
cruzó el parqué y después la alfombra hasta llegar a la cama y abrazar a su
amor con todas sus fuerzas. Acurrucados cayeron ambos sobre la tierna almohada
con restos de lágrimas saladas. Alberto miraba con cariño la trenza de Lara
mientras seguía envolviéndola con los brazos. Ésta sentía cómo el calor de
Alberto subía por la espalda y el bienestar que le producía. Después las
cosquillas de unos dedos traviesos en la nuca y la cada vez más acelerada
respiración del chico junto a su oreja. Al fin llegó el primer beso. A Lara le
encantaban esos besos en el cuello pero seguía resistiéndose a volver la
cabeza. Alberto no se daba cuenta y continuaba con sus caricias mientras la
apretaba fuertemente contra su cuerpo y le suspiraba sinceros “tequieros”. Esa fue la gota
que colmó el vaso. Lara abandonó a Teddy y se revolvió en la cama hasta
colocarse bruscamente encima de Alberto. Le miró, estaba empapado, le despeinó
con delicadeza, ladeó la cabeza y arremetió contra esos indefensos labios
blancos que pronto recobraron su color. Fue un beso largo y apasionado. Para
ella parecía ser el último. El chico llegó a dormirse, no por aburrimiento sino
por asegurarse de que todavía no estaba soñando.
Lara apartó los
labios, Alberto, sorprendido y con la chica todavía sobre él, la volcó y se abalanzó
buscando la continuación del sueño. Lara apartó su boca, aunque ésta se
inclinaba buscando más. Alberto la notó extraña y un escalofrío recorrió su
cuerpo que se contagió al de su compañera.
Ella le apartó con
la mano: - ¿Tú no venías a estudiar?- dijo Lara sin saber realmente cómo
sentirse. El chico en cambio, miraba su piel brillante y el rubor que había
aparecido en esas preciosas mejillas.
-No perdamos el
tiempo- dijo Lara lo más fríamente posible mientras sentía aún el calor de los
besos.
Alberto se levantó
y esperó como un niño a que ella se hubiese levantado para tirarse de nuevo en
la cama. Se estaba tan a gusto.
Lara sacó el libro
de matemáticas y unas hojas mientras el chico se quitaba perezoso la chaqueta y
esperaba con los ojos cerrados a que su princesa lo rescatase con un profundo
beso. Lara indiferente fue al baño y cuando volvió el chico permanecía inmóvil
de morros pero ahora con un ojo entreabierto para asegurarse de que ella lo
veía.
-Deja de hacer el
payaso y cuelga el abrigo que está empapado.
-Se ve que las
tardes de lluvia no te agradan- insinuó Alberto arriesgándose a una mirada
furtiva de Lara, de esas que le atravesaban el corazón y por alguna razón le
enamoraban aun más.
Ésta iba al grano,
poco le interesaba lo que le contaran en ese momento, estaba concentrada en lo
que iba a tener que decir.
-Eran derivadas e
integrales ¿te acuerdas?
-Sí…Sí… ya voy.
Y Alberto se
levantó para sentarse junto a la persona que no le permitía concentrarse.
-Si vas a estar en
este plan, la próxima vez estudias solo.
Alberto cogió un
Boli por miedo a seguir enfadándola; tenía curiosidad por saber qué le ocurría
esa tarde tan perfecta.
Callados, sin a
penas mirarse, escribieron a la par 2 folios hasta que tanto número les acabó
por agotar.
-¡Lara, la
merienda!.
Alberto se ofreció para bajar a por los sándwiches en el acto. Lara quedó sola, triste, pensativa en una habitación que en esos momentos se veía enorme sin Alberto. Tenía ganas de morderse las uñas pero mordía el Boli. Abrió su amplio armario, buscaba algo, pero no sabía el qué. Agarró una manta, se envolvió en ella, se dirigió a la cama, se paró, cayó de rodillas y lloró sobre el edredón.
Alberto se ofreció para bajar a por los sándwiches en el acto. Lara quedó sola, triste, pensativa en una habitación que en esos momentos se veía enorme sin Alberto. Tenía ganas de morderse las uñas pero mordía el Boli. Abrió su amplio armario, buscaba algo, pero no sabía el qué. Agarró una manta, se envolvió en ella, se dirigió a la cama, se paró, cayó de rodillas y lloró sobre el edredón.
Alberto, mientras
tanto, aprovechaba para coger el regalo que le había traído por San Valentín.
Se asomó a la entrada para escuchar la lluvia caer sobre la tierna hierba y las
hojas secas de aquel febrero perenne. Subió despacio con su alma en una mano y
la merienda en la otra. En la oscuridad de la casa una sombra se volvía a colar
en la habitación de Lara. Dejó caer las cosas sobre la mesa y presa del más
ahogado sufrimiento acompañó a aquella silueta de porcelana que se derretía en
lágrimas por un motivo que él se moría por averiguar.
-Amor mío…
Alberto colocó su
cabeza contra su pecho mientras sacaba un pañuelo bastante arrugado y se lo
tendía a Lara. Ésta le abrazó con fuerza, interminablemente, para escuchar el
desacompasado y apresurado latido del corazón.
Sentados sobre la
alfombra, abrazados en una postura tierna y a la vez patética, yacían Romeo y
su Julieta compartiendo un temor desconocido.
-Cuéntamelo, ¿qué
ha pasado?- respiró fuertemente Alberto a la vez que plantaba una mirada
protectora en los ojos de ella.
Lara le abrazó, no
era momento para besos.
-Me voy… me voy
lejos…- dijo mientras su corazón, o todo su cuerpo se sobresaltaba a causa de
la fatiga de los sollozos.
Alberto ahora
palideció incrédulo, boquiabierto, buscando en sus pensamientos alborotados un
consuela que él todavía no llegaba a comprender.
-A mi madre la
trasladan a Canarias donde está mi papá esperándonos. Partimos la semana que
viene… ya están los billetes comprados- se notaba el miedo en su voz.
-¿Eso qué quiere
decir?-dijo Alberto intentando parecer indignado. En ese momento se oyó un
relámpago cercano y la lluvia golpeó contra los cristales enfurecidamente. Se
sentían seguros en la casa, pero ahora esa habitación era más que incómoda.-
¿Tú también te vas?
Alberto fue
súbitamente fulminado por un desenfrenado beso al que siguieron miradas de
culpa, a las que siguieron miradas de afecto, que finalmente terminaron en un
acto sexual que dejó en silencio la estancia anaranjada por las trémulas
farolas de la calle. Los dos miraban al techo, jadeantes. Los dos pensaban una
solución a un problema que no recordaban.
Lara tocó el
cristal húmedo y helado y posó su mano sobre el pecho de su amante. Sin
inmutarse, Alberto giró la cabeza, miró su boca, y cuando ella se preparaba
para el beso definitivo le dijo.
-Quédate aquí
conmigo.
Se detuvo el
tiempo, Alberto cerró los ojos, sintió a su musa y descansó sin dudar de su
decisión.
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